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Praga recuerda cómo el tulipán desató la primera quiebra bursátil de Europa

WUNI News
03/19/2014 5:44 PM

Praga, 19 mar (EFE).- El tulipán como símbolo de la sensualidad oriental, la caducidad del tiempo y el lujo es objeto de una muestra en Praga, ciudad por la que entró en Europa esta flor de Persia que desató tal fascinación que causó la primera quiebra bursátil en el Viejo Continente en el siglo XVII.

“El albor de la primavera en los jardines reales: Tulipanes y jarrones en el Castillo de Praga”, es una muestra que dura hasta el domingo y que es efímera dado que sus protagonistas son esas coloridas y apreciadas flores.

En la exposición en los jardines del Castillo de Praga se recuerda una tradición que comenzó en la corte praguense en tiempos del rey Fernando I de Bohemia (1503-1564), nacido en Alcalá de Henares (Madrid).

La muestra incluye algunas colecciones reales de jarrones y vasijas hechas de cristal, alabastro, mayólica y piedra, y que aparecen decorados con tulipanes, de los que se exhiben cincuenta tipos.

“Esta época, al principio de la primavera, algo más húmeda y con temperaturas hasta 10 o 15 grados, es ideal para que florezca el tulipán”, explica a Efe Ivan Dobrovodsky, jardinero del Castillo.

Han sido cultivados aquí, en el elegante invernadero estilo Imperio, a partir de bulbos traídos de Holanda, el país europeo donde más enraizó esta planta originaria de Persia.

Y es que sultanes otomanos como Mehmed II Fatih el Conquistador (1432-1481), Solimán el Magnífico (14994-1566) o Selim II (1524-1574) fueron grandes admiradores de los tulipanes.

“Por iniciativa de los gobernantes otomanos, sus enviados reunieron 300.000 tulipanes salvajes de la zona del Mar Negro. Fue la base de los intentos de mejora para lograr colores y formas más variadas”, explicó el autor de la muestra, Jaroslav Sojka.

Así fue como el conde Ogier Ghiselin de Busbecq, embajador de Bohemia en la corte de Solimán I, entró en contacto con estas plantas exóticas, que fueron más adelantes descritas por un botánico europeo como un “turbante al revés”.

En 1554 el embajador Ghiselin envió a Praga tulipanes como regalo, junto con lílios y alhelíes, para adornar los jardines, y de esta manera “los primeros tulipanes en Europa florecieron en el Castillo de Praga”, recordó Sojka.

Carolus Clusius, otro botánico a las órdenes del Emperador Rodolfo II de Habsburgo, fue el que hizo llegar los tulipanes a Holanda, por su actividad académica en la Universidad de Leyden.

“La fascinación por el tulipán se convirtió en ‘tulipanomanía’, en una fiebre o locura por los tulipanes. Este es el nombre de una de las burbujas especulativas más viejas de Europa, y que tuvo como resultado el primer colapso bursátil”, señaló también el autor de la muestra.

Sojka recordó que esa crisis se desató, de manera virulenta, en los años 1634-1637 en los Países Bajos, donde desde principios de ese siglo comenzaron a cruzarse distintos tipos de tulipanes, hasta convertirla en una flor muy popular, pese a su fragilidad y floración efímera.

“Al principio un bulbo de tulipán costaba un florín, y pronto el precio se disparó a 1.000 florines, y existió una Ley del Tulipán que protegía a los comerciantes, pues fijaba penas de prisión por dañar los bulbos”, señaló.

Recordó también cómo subastas, bolsas de comercio, contratos de compra a futuro crearon un sector económico en torno a los tulipanes que dio pingües beneficios a los comerciantes mientras que el precio estaba al alza, pero que también desató una ola de especulación.

El tulipán más caro de la historia fue el Semper Augustus rojiblanco, por uno de cuyos bulbos se llegó a pagar en 1636 la friolera de 4.600 florines (unos 90.000 euros al cambio actual), e incluso “en 1637 se llegó a cambiar una fábrica de cerveza por tres bulbos de tulipán”, añadió el experto.

Aquel escenario no hacía prever lo que sucedió poco después, la quiebra de la bolsa de Amsterdam, cuando la oferta empezó a superar la demanda y los precios se desplomaron, en una vorágine de venta que causó bancarrotas, liquidaciones de bienes y serios quebrantos económicas.

Ese es el motivo de que “incluso el pintor Rembrandt tuviera que vender su casa”, concluyó Sojka.