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La ideóloga del Studio 54 se pasa al “brunch”

WUNI News
05/03/2014 1:11 PM

Nueva York, 3 may (EFE).- Toda la generación que llegó a Nueva York después de 1981 lamenta no haber conocido la época gloriosa del Studio 54, pero su “ideóloga”, la peruana Carmen D’Alessio, asume que esos tiempos nunca volverán y sigue en activo, apostando ahora por el “brunch” y las fiestas al atardecer.

“¿Quién dijo que uno no puede divertirse durante el día? Yo sigo adelante y la ciudad para mí sigue igual, porque va con mi edad y está a otra cosa”, asegura quien fuera relaciones públicas de legendario local y que ahora maneja “brunch” y “sunset parties” en las mejores azoteas, como la del hotel Standard o el PHD.

“Yo no puedo estar de arriba a abajo con tacos, subiendo y bajando escaleras, organizando fiestas de 3.000 personas”, continúa.

D’Alessio está orgullosa de seguir al pie del cañón (“no queda nadie de esa época. Tengo mucha disciplina, pero muchos no aguantaron, la mayoría ha muerto”, dice entre nostálgica y triunfal) y recibe a Efe a cuatro calles de ese local, donde se representa ahora el musical “Cabaret”.

Sigue en la misma casa en la que planificaba aquellas fiestas que abanderaron hitos del hedonismo, rodeada de fotografías y presidida con un retrato dedicado por Andy Warhol. “Hoy por hoy, las celebridades solo salen para eventos caritativos”, se queja.

Sin embargo, a pesar de mirar al futuro y llevar sus listas de invitados a través de Facebook, a D’Alessio se le ilumina la cara recordando esas fiestas de los setenta que eran portada del Wall Street Journal por su capacidad de convertir la diversión en un arte y también en una máquina de hacer dinero.

“Éramos irresponsables, como deben ser los jóvenes. Sin ningún sentido del cuidado ni de la protección. Asumíamos aquello como experiencias que contribuían a hacernos más maduros y mejores”, afirma.

Con la Guerra de Vietman terminada, la generación de los “flower child”, la diversión, el amor…, justo antes del sida y los “yuppies”, se alumbró un Nueva York artísticamente efervescente que tenía como epicentro ese Studio 54, que vivió su época dorada entre abril de 1977 y febrero de 1980, con Steve Rubell e Ian Schrager como dueños y esta peruana como cerebro de tan festivas operaciones.

“Vengo de una cultura sudamericana en la cual trabajamos para vivir, para gozar. Cuando vine, encontré este país tan triste, con todo el mundo tan dedicado a hacer dólares, y decidí que tenía que crearles un patio de recreo, aunque fuera para vivir la emoción del amor por una noche”, resume.

Por encima de todas los famosos que acudían (Warhol, Liza Minnelli, Halston y Truman Capote, entre los fijos; Grace Jones, Salvador Dalí o Julio Iglesias, entre los puntuales), D’Alessio sintetiza la locura desatada en una anécdota de una pareja anónima que celebraba su luna de miel en Nueva York.

Rubell decidió que solo dejaría entrar al marido y no a la mujer. El marido accedió y dejó sola a su flamante esposa, con tal de experimentar aquello de lo que todo el mundo hablaba.

D’Alessio, educada en inglés, francés y español por una familia adinerada de Lima y con fluidez en portugués e italiano, había llegado a Nueva York con apenas 18 años para trabajar como traductora en las Naciones Unidas. Era la época de U Thant como secretario general.

Pero pronto canalizó su dominio de los idiomas hacia el mundo de la moda y, tras hacer sus pinitos para Yves Saint Laurent, fue contratada como relaciones públicas de Valentino y se trasladó a Roma con el primero de sus tres maridos.

Cuando volvió a Nueva York en 1976, tenía la agenda plagada de contactos de la “jet set”. “Me hablaron de un trabajo consistente en organizar fiestas y pagarme. ¡No sabía que ese trabajo existía!”, exclama.

Varios locales contaron con ella y, tras montar para los futuros dueños del Studio 54 una fiesta inspirada en “Las mil y una noches” en su gigantesco club en Queens, los convenció para trasladarse a un teatro vacío de Manhattan. La fiesta de inauguración del local el 26 de abril de 1977 marcó el principio de una era histórica.

“Fue un éxito rotundo desde el inicio”, recuerda. “Mick Jagger, Ryan O’Neal o Frank Sinatra haciendo ‘lobby’ en la puerta de atrás, porque no podían entrar”. También invitó a su propia madre (“la tuvieron que cargar al peso” para pasar, dice), y ella misma perdió la mitad de su vestido entre la multitud.

Fue solo el inicio. Lo que lanzó internacionalmente al club fue el cumpleaños de Bianca Jagger y el caballo blanco. “Mi idea era traer el caballo blanco con una Lady Godiva desnuda, el pelo rubio cubriéndola de pies a cabeza, pero Bianca quiso robarse el ‘show’, saltó al caballo a pelo, y esa fue la foto que publicaron”, explica.

Luego llegarían la fiesta de Valentino, en la que quiso ir de domador; la de Armani, en la que recrearon un palacio florentino con el Ballet de Trockadero, o el cumpleaños de Paloma Picasso, que costó 100.000 dólares, porque la quería en rojo, blanco y negro y en la mente de D’Alessio se tradujo en salmón, champán y caviar.

“Aquello costaba una fortuna, pero Steve e Ian me decían a todo que sí, sin mover una pestaña. Nunca encontré ni encontraré nadie tan receptivo a mis propuestas. Quizá esa sea la verdadera razón por la que Studio 54 no volverá. Nadie está dispuesto a invertir en fiestas como aquellas. Ahora todos buscan beneficio rápido”, sentencia. Mateo Sancho Cardiel.