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La Iglesia en Marruecos se vuelve africana

WUNI News
08/06/2014 7:52 AM

Rabat, 6 ago (EFE).- La iglesia en Marruecos ha cambiado de color: de ser una “iglesia de blancos”, creada por los colonos y para los colonos hace ahora cien años, los templos católicos han cambiado de fisonomía y de misión, convirtiéndose en iglesias donde los fieles son más que nada subsaharianos.

La iglesia católica siempre ha sido “extranjera” en los países árabes, y especialmente en el norte de África, donde sí han pervivido comunidades judías con sus propios ritos y leyes, pero no así cristianas.

Pero si antes los extranjeros que las llenaban eran los europeos que vivían en Marruecos (que llegaron a ser medio millón en los años cuarenta del pasado siglo), hoy lo que queda de aquellas comunidades casi ha desaparecido y los fieles son otros: estudiantes o trabajadores de África negra instalados en Marruecos.

“Los subsaharianos han dado una nueva vida a la Iglesia en Marruecos”, reconoce el Arzobispo de Rabat, Vincent Landel, que se admira por la “vitalidad” que los fieles del sur del Sáhara aportan a las ceremonias en comparación con la realidad que se vive en los templos europeos.

Landel conoce muy bien la transición de la iglesia en el país: nacido él mismo en Meknés, en el centro de Marruecos, cuando el país era colonia francesa (y española en el norte), viajó por el mundo hasta que el Papa Juan Pablo II le pidió regresar a su país para encargarse, ya en 2001, de una iglesia en plena transformación.

Según sus cifras, la comunidad católica la componen ahora 30.000 personas, de las que un tercio asisten a los oficios con regularidad y que tienen una media de edad de 35 años. La mayoría, africanos subsaharianos.

“No son emigrantes clandestinos” -aclara-, en su mayor parte son estudiantes que cursan sus estudios en Marruecos y son ellos los que permiten que se mantengan abiertas 40 iglesias, de las que 30 celebran misas dominicales y solo 16 lo hacen a diario.

En algunos casos, el Arzobispo ha llegado a hacer más de mil kilómetros en un fin de semana solo para celebrar una misa en Uxda, junto a la frontera argelina, para unas decenas de estudiantes africanos. Única forma de que el templo, centenario, no cierre y deje a la exigua comunidad sin servicio.

No es tan difícil encontrar fieles -reflexiona Landel-, sino encontrar a sacerdotes: la mayor parte de los treinta curas que ofician en Marruecos no son residentes, sino que vienen por estancias limitadas “prestados” de otras diócesis, algunos de tan lejos como México.

Una misa en Marruecos, aunque tenga poco de marroquí, es una experiencia de diversidad, con curas llegados de distintos países de Europa o América, coros de jóvenes africanos cantando y dando palmas y un variopinto público de diplomáticos y estudiantes extranjeros, más algunos ancianos europeos de los nacidos en tiempo colonial.

Lo que nadie va a encontrar es a fieles marroquíes.

En eso, el padre Landel, como la iglesia católica en general, lo tienen muy claro: la ley marroquí prohíbe ejercer cualquier clase de evangelización con los nacidos musulmanes, so pena de cárcel, “y la ley está para cumplirla, nos guste o no”.

No es que en sus catorce años en el Arzobispado nunca haya visto a un marroquí acercarse a la iglesia con curiosidad, pero dice que él nunca animará a un musulmán a bautizarse: “le arruinaría la vida”, reflexiona.

No es esa la postura de las iglesias protestantes, mucho más agresivas en este sentido y que de forma esporádica son noticia por descubrirse grupos de cristianos evangélicos que predican en la clandestinidad y son expulsados ipso facto del país, mientras que para sus correligionarios marroquíes comienza entonces un calvario legal y social.

Al Arzobispo no le preocupa la idea de evangelizar, más bien cree que la Iglesia del siglo XXI, en un país como Marruecos, tiene otros frentes espirituales que atender, como propiciar el “encuentro entre islam y cristianismo” y asistir a la emigración que va del sur al norte.

Además, Landel subraya que su iglesia es un verdadero termómetro de las crisis del continente: “cada vez que hay un estado de turbulencia, sentimos las consecuencias (en forma de llegada de refugiados) al mes siguiente: nos acaba de pasar con la guerra en República Centroafricana y nos pasó antes con la inestabilidad en Costa de Marfil”.

Y más allá de la labor pastoral, está la tarea asistencial que la iglesia está prestando, a través de Cáritas, a todos los emigrantes expulsados desde las vallas de Ceuta y Melilla y encaminados, muchas veces magullados, a ciudades como Rabat y Casablanca.

Una labor sobre la que el Arzobispo prefiere no entrar en detalles. No sea que alguien lo acuse de fomentar la emigración clandestina.